¿Para qué sirve la inteligencia?

El efecto Flynn

¿para qué sirve la inteligencia?
¿para qué sirve la inteligencia?

¿Para qué sirve la inteligencia?

La inteligencia tiene múltiples definiciones y ninguna se ajusta a un parámetro verdaderamente objetivo ni susceptible de medición.

En el presente artículo trataremos un curioso fenómeno sobre la inteligencia y para qué sirve la misma.

¿Qué es el efecto Flynn?

Una de las grandes críticas a la medición de la inteligencia es que los resultados estaban sesgados por factores como el estado de ánimo del evaluado o su estado de salud. Asimismo, el contexto en el que la persona había crecido también influía en los resultados de las pruebas.

Uno de estos factores se refleja en lo denominado el efecto Flynn. Se trata de que, con los test de medición, se observó un aumento significativo del CI de una generación a otra en la población de un país. Este aumento es directamente proporcional al desarrollo del país y sufre cambios en función de las características del sector de población utilizado para el estudio.

De este modo, en países que han empezado hace relativamente poco su modernización, el incremento del cociente intelectual entre generaciones es mayor, mientras que en países que empezaron su desarrollo en el siglo XIX, el incremento es mucho menor.

Estas observaciones derivan en las siguientes hipótesis:

-No aumenta la inteligencia, pero sí la capacidad de resolver problemas abstractos (hipótesis de Flynn).

-El aumento del cociente intelectual se debe a la universalidad de la educación (hipótesis educativa).

-La complejidad de la vida social de los individuos hace aumentar su cociente intelectual (hipótesis de Brand).

-La mejora de la nutrición y los cuidados parentales son la causa del aumento del cociente intelectual (hipótesis nutricional).

¿Cuál de estas hipótesis es correcta? Dada la poca fiabilidad de los test de medición de la inteligencia, esta pregunta no tiene respuesta empírica. Lo más sensato, y atendiendo al sentido común, es que todos los factores señalados en las hipótesis tengan influencia en el crecimiento generacional de la inteligencia.

¿Para qué sirve la inteligencia?

François de La Rochefoucauld dijo: “Todo el mundo se queja de su memoria, pero nadie de su inteligencia”. Y no le faltaba razón, es común afirmar “que despistado soy” o “que mala memoria tengo”, pero no es frecuente afirmar “es que soy tonto”. Este hecho resulta paradójico, puesto que la memoria se considera una de las partes que integran el concepto de lo que consideramos inteligencia. No obstante, existe una reticencia, una especie de complejo global, que nos impide admitir que nuestras capacidades intelectuales no son lo que nos gustaría. Todo el mundo gusta de ser inteligente, de hacer que los demás perciban que somos inteligentes. Cuando cometemos errores o equivocaciones estas parecen recaer en la circunstancia o en terceros, pero nunca en nuestra torpeza intelectual.

Es innegable que la sociedad sitúa el concepto de inteligencia en la escala más alta de las virtudes humanas. Y así es, ser inteligente es un prestigio en toda regla y puede que la característica más valorada de todas de las que alguien pueda ostentar. Ser inteligente es más glorioso que ser habilidoso, creativo o físicamente bien parecido. Incluso parece que se aprecia más si esta inteligencia es innata, de nacimiento u obtenida en los primeros años de vida y no por el esfuerzo de aprender de alguien. La voluntad queda relegada a un segundo plano cuando posa junto a la inteligencia.

¿Por qué? ¿Qué motivo sitúa a la inteligencia en un rango superior con respecto a otros atributos positivos? ¿Nos hace mejores personas, más meritorios, más loables? ¿Más felices, acaso? No. De hecho, si admitimos que la inteligencia viene de nacimiento, ni siquiera tendría mérito alguno. La causa de que la inteligencia sea tan idolatrada se desconoce y, aunque se conociese, tampoco nos daría respuestas.

En ese caso, ¿para qué? ¿Qué finalidad tiene ser inteligente? ¿Para qué sirve ser inteligente? En este caso sí tenemos respuesta: para nada.

Imaginemos que se crea un ordenador super inteligente, como el que plantea Douglas Adams en su obra “Guía del autoestopista galáctico”. Si este ordenador supiese todo y tuviese la mayor inteligencia posible de alcanzar, ¿qué haría? Nada. No haría absolutamente nada. El motivo es simple: no está programado para hacer nada. Y, traduciéndolo en términos humanos, la programación equivale a la motivación. Sin motivación, la acción no es posible, ya que, parafraseando a Crowley, “en ausencia de fuerza de voluntad, la colección más completa de virtudes y talentos es totalmente inútil”.

Exacto: la inteligencia está sobrevalorada. Y puede que la respuesta del efecto Flynn la tengamos en este hecho de idolatría hacia la misma, ya que culturalmente, y por normativa social, la población, generación tras generación, se ve cada vez más obligada a incrementar determinadas capacidades concretas y, por consiguiente, obteniendo un mayor CI, pero no por ello siendo realmente más inteligentes, ya que el CI es un instrumento incapaz de medir certeramente la inteligencia. De este modo, no nos enfrentaríamos a una población cada vez más inteligente, sino cada vez más preparada para obtener un mayor CI, lo cual roza la absurdez, puesto que esta circunstancia misma resulta una total estupidez.


Psicodifusión es editada por los psicólogos Paula Borrego y Juan Miguel Enamorado Macías


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